EL GRAN JOYERO AMERICANO

David Webb es una figura fundamental de la joyería norteamericana, llegando incluso a ser bautizado como “El joyero americano quintaesencial”. Su sentido del diseño moderno y atrevido, combinado con un profundo conocimiento de los misterios de la joyería y una personalidad magnética, fueron los ingredientes para crear un personaje irresistible, cuyo legado sigue vivo y vigente a día de hoy.

Nacido en 1925 en Asheville, North Carolina, la infancia de Webb transcurrió durante los peores años de la gran depresión. Sin embargo, a pesar de la austeridad que le rodeaba, desde muy pequeño sintió atracción hacia las cosas bellas, dedicando varias horas del día a dibujar, pintar, o fabricar objetos de cobre que adornaba con trozos de cristal y luego vendía por el pueblo.

Esta afición se vio incrementada cuando a los 9 años de edad participó en un proyecto artístico de la WPA (Works Projects Administration, la principal agencia del New Deal para crear empleo con fondos públicos), en donde aprendió conceptos básicos de orfebrería, y tras el cual -según sus propias palabras- decidió qué era lo que quería hacer con su vida.

Aprovechando que en su familia había tradición joyera (su abuelo -a quien admiraba- era grabador y su tío era joyero) a los 14 años comenzó a trabajar como aprendiz en el taller de su tío. Ahí estudió los fundamentos principales de la joyería, aprendiendo por fin a trabajar los materiales preciosos que son la base del oficio.

Tras tres años de formación decidió que era momento de seguir, y con tan solo 17 años puso rumbo a Nueva York. Al poco de llegar encontró empleo reparando joyas en Greenwich Village, y desde ahí comenzó a navegar entre la alta sociedad neoyorkina.

Alto, rubio, guapo, y lleno de encanto sureño, pronto Webb se volvió familiar para una serie de socialités entre las que se encontraba Antoinette Quilleret, una acaudalada dama francesa que no tardó en reconocer el talento del joven joyero, proponiéndole abrir juntos un negocio.

En 1948, con apenas 23 años, Webb abre David Webb Inc., su propio taller de joyería en 47th Street, junto al distrito de diamantes de Nueva York. Para completar el equipo Quilleret reclutó a Nina Silberstein, una contable con muy buen ojo para los negocios que se hizo cargo del aspecto administrativo de la nueva firma. El éxito fue casi inmediato, y pronto entre la clientela se contaban algunas de las figuras más rutilantes de la élite neoyorkina.

Bergdorf Goodman y Bonwit Teller, dos de las tiendas por departamentos de lujo más importante de la ciudad, fueron las encargadas de distribuir sus joyas. En 1963 abre su primera boutique propia en 57th Street aumentado aún más su éxito, y expandiendo su clientela al mundo de las estrellas de cine y de la moda, convirtiéndose en un “joyero de las estrellas” certificado.

Elizabeth Taylor (quien le encargó varias piezas personalizadas), Ava Gardner, Doris Duke, Barbara Streisand, Jackie Kennedy, la princesa Grace de Monaco, la Duquesa de Windsor, y varias generaciones de damas Vanderbilts o Rockefellers, son algunos de los nombres de la extensa y rutilante lista que se convirtieron en clientas fieles de Webb.

Sin embargo su brillante carrera fue truncada de manera súbita en 1975, cuando una forma muy agresiva de cáncer pancreático acabó con su vida. El éxito de Webb se explica fundamentalmente por lo original y atrevido de su propuesta.

Sus joyas son grandes, coloridas, y originales; piezas pensadas para mujeres con carácter fuerte, estilo propio, y que no tengan miedo de destacar y magnetizar las miradas. Son especialmente famosos sus diseños animales -que reconocía inspirados por Jeanne Toussaint, de Cartier-, como la pulsera de cebra de esmalte con diamantes de la que nunca se separaba Diana Vreeland, la célebre editora de Harper’s Bazaar y Vogue.

Pero además de sus célebres joyas de inspiración natural, Webb también destacó con exquisitas creaciones art decó que siguen siendo modernas aun a día de hoy; o sus múltiples diseños inspirados por culturas y civilizaciones antiguas como las etrusca o romana, o la joyería de Jaipur del siglo XVIII; porque si algo caracterizó al joyero nacido en Asheville fue su enorme creatividad.

Pero además de un talento innato para el diseño, Webb también tenía un minucioso conocimiento del proceso de fabricación de las joyas, supervisando -y en muchas ocasiones demostrando como quería que se llevara a cabo- la manufactura de las piezas en su taller, controlando de esta manera todo el proceso de creación, de principio a fin.

A día de hoy su legado continúa, y su amplio archivo de diseño se sigue elaborando de la misma manera que cuando él estaba al frente; todo se fabrica bajo el mismo techo, y salvo pequeñas concesiones a la modernidad las joyas son las mismas que hace 40 años, incluso utilizando las ceras originales; y es que la belleza verdadera es eterna y no entiende de modas.

Born during 1925 in Asheville, North Carolina, Webb’s infancy was spent during the worst years of the Great Depression. Since he was very young, he showed a strong vocation for jewellery, and began to work as an apprentice in his uncle’s workshop at the age of 14.

After three years of training, he decided that it was time to move on, and at just 17 years old, he set off for New York where he soon found work repairing jewels in Greenwich Village, where his relationship started with New York’s high society.

Tall, blonde, handsome and full of southern charm, Webb soon became familiar to a group of socialites among which included Antoinette Quilleret, a wealthy French lady who didn’t take long to recognise the talent of the young jeweller, and proposed to open a business together. In 1948, at nearly 23 years old, Webb opened David Webb Inc., being his own jewellery workshop on 47th Street next to New York’s Diamond District.

To complete the Quilleret team, he recruited Nina Silberstein, an accountant with a good eye for the businesses in which she took charge of the administrative side for the new brand. The company was practically an instant success, and the clientele soon included some of the biggest stars among New York’s elite.

Two of the most important department stores in the city, Bergdorf Goodman and Bonwit Teller, were commissioned to distribute the brand’s jewels. In 1963, Webb opened the first of his own boutiques on 57th Street, which increased his success even more, and lengthened his clientele in the world of film and fashion stars, turning him into a certified “jeweller to the stars”. But his brilliant career was cut short in an unexpected way in 1975 when a very aggressive from of pancreatic cancer ended his life.

Webb’s success is essentially due to the originality and audacity of his proposal. His jewels are large, colourful and original; pieces designed for women with a strong character, their own style, and who aren’t afraid to stand out and attract attention.

But besides a natural talent for design, Webb also had in-depth knowledge of the manufacturing process for jewellery, and he used to supervise how they were made in his workshop; in fact, he showed how he wanted them to be finished on many occasions, which meant he controlled the creation process in this way from start to finish.

His legacy continues to the present day, and his large design archive is still made in the same way as when he was head of the company; everything is made under the same roof, and the jewels even use the original waxes and are the same as those made 40 years ago, apart from a few concessions to modernity. True beauty is eternal and it doesn’t go out of fashion.

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